domingo, 19 de octubre de 2014

Mi felicidad escrita en números: 31’34”

¿Por qué nos llega a interesar tanto un tiempo, una marca? ¿Qué hace que nos fascinemos por correr en 30 segundos menos una carrera de poco más de 30 minutos? ¿En media hora que puede cambiar medio minuto?
Sin duda debe hacer una respuesta por cada atleta. Arriesgo a decir que en mi caso es el resumen perfecto de muchas y diversas alegrías; ocho pasadas de mil con 1’30” de pausa en 3’00”, 90 minutos a ritmo de 3’45”/km con 146 pulsaciones promedio, 30 minutos de cambios de ritmo con velocidad promedio en 3’24”/km. Todo muy largo, muchas explicaciones para contar lo que nos gusta hacer, cuando en resumen sería así: Corro en 31’34”. Y eso me hace muy feliz hoy.
Ahora ¿Qué pasaba media hora antes de parar el reloj? Sentado sobre el tartán del CeNARD, mientras ataba las zapatillas más livianas que tengo, con solo quince minutos de trote ya estaba cubierto en transpiración. Había hecho todo lo que estaba a mi alcance, desde muchos días previos, para llegar al 10.000 de la Copa Nacional de Clubes de la mejor forma posible. Pero el clima no está a mi alcance y la humedad, el viento y la presión baja decían presente en la mañana del sábado. Siempre busco ser positivo, pero me hubiese gustado una mano en esa búsqueda de parte de cielo.
Pero por suerte la mano la encontré en la tierra. Si cae granizo aprovechemos que regalan hielo. Y salimos a correr con lo mejor que había en ese momento. Rápidamente cada cual supo cómo le sentaba ese día y los pelotones se aglutinaron en pocas vueltas. En punta Nicolas Ternavasio y Ulises Sanguineti codo a codo, el segundo grupo con Ishmael Langat, Cristian Meneguzzi y yo, un poco más atrás Alexis Pensa y Wilson Videla, la fila seguía e iba tomando forma bajo el sol. No era un día para enfrentar solo al cálido y húmedo viento de octubre, nosotros tres lo entendimos rápido y fuimos tomando las riendas una vuelta cada uno, protegiendo a los otros dos, en perfecta armonía los parciales de 1’16” por vuelta se iban sumando. 
Pero adelante no se veía la misma coordinación, Nico y Ulises corrían a la par poniendo el pecho ambos en cada metro, al poco tiempo sabríamos quien lo sentiría más.
Como tres mosqueteros pasamos los primeros 2.000 metros en 6’24” para casi copiar los segundos 2.000 en 6’23”. El juego seguía y todos ganábamos. Hasta que luego de pasar el ecuador de la prueba el instinto asesino de Ishmael huele sangre, y muestra los dientes. No muy lejos aparecía Ulises ya desprendido de Nico, luchando solo como en un desierto de médanos infinitos. El keniata mostró el pasaporte, desplegó la zancada y rugió tras la presa. Yo me colgué de la cabalgada intentado incluso ayudar, pero la ferocidad de Langat iba más rápido que yo y apenas pude quedarme de escolta. Cristian se quedaba al ritmo crucero y rápidamente le habríamos distancia.
Pero cuando cazó a Ulises no se conformó y lo pasó rápidamente, yo quedé refugiado en la espalda de él viendo como Ishmael se alejaba. Por suerte cuando tomé un poco de aire recuperé la actitud salí a buscar reconectar nuevamente al keniata. Toda esa lucha nos había dado un tercer 2.000 en 6’14” y mi cuerpo ya lo sentía. Las diez vueltas restantes serían muy largas.
Solo me concentré en jamás bajar la mirada, quería transformar el cazador en cazado, de una forma u otra lo iba a alcanzar, así tuviese que poner toda mi energía en ello.
Y así fue, lo alcancé, pero puse toda mi energía. Lo último que quedaba lo use para un corto pero práctico dialogo de reencuentro, le dije “No me interesa el puesto, solo quiero la marca, vamos juntos a buscarla”. No había dudas; era juntos o imposible. El cuarto 2.000 pasó en 6’15” y a partir de allí cada vuelta fue terrible, desde la lógica es casi incomprensible como faltando tan poco puede faltar tanto para llegar. El viento que sin duda sería parecido al de la largada ahora se sentía como un huracán, la humedad como miel flotando en el aire, la meta un espejismo flotando a lo lejos. Ishmael me llevó a sacar lo mejor de mí, sin duda solo esos últimos metros hubiesen sido mi derrumbe, ya no tenía casi nada. Ese casi me lo logró exprimir, me acompañó tanto estando adelante como estando atrás, me alentó y alcanzó hidratación. 
Por como veníamos intercalados tirando me toco dar la anteúltima vuelta al frente, incluso cuando me abro para que pase a la última no me cortó de una para asegurarse el puesto, me permitió seguir en la estela para dar lo mejor de mi hasta el último metro. Cerramos un parcial de 6’18” y exploté de alegría.
No venía con el tiempo exacto en mente en las últimas vueltas, sabía que sería algo entre 31’50” y 31’40” pero  el esfuerzo final me hizo olvidar de cualquier cuenta. No lo podía creer, había superado mis sueños, en mis mejores deseos visualizaba un 31’40”, esos 6 segundos menos eran menos de un segundo por kilómetro pero eran la muestra concreta de que incluso los sueños se pueden superar. Hacía medio año había hecho la mejor carrera de mi vida parando el reloj en 32’23”, ahora llegar 49” antes que mí mejor yo era euforia en la piel.

Se lo dije a todo el que quiso oírme, el torneo recién empezaba, duraría todo el sábado y todo el domingo con cientos de atletas compitiendo en todas las disciplinas del atletismo, nosotros recién habíamos hecho la primera serie, pero sin dudas que ese fin de semana; no habría nadie más feliz que yo en la Copa Nacional de Clubes.

domingo, 12 de octubre de 2014

Ganar, perder. Perder, ganar

 ¿Cuándo se gana una carrera? El reglamente básicamente dice que el primer atleta en cruzar la línea es el ganador, pero ¿Cuándo ganamos nosotros una carrera? ¿Cuando llegamos primero? ¿Cuándo bajamos nuestra marca? ¿Cuándo cumplimos nuestro objetivo?
Nos largamos a recorrer 5.000 metros sobre el sintético del CeNARD y al tomar la primer recta ya marchaba segundo sobre las espaldas de Fabián Manrique, desde la tribuna se podría pensar que empezaba perdiendo la carrera. Pero al entrar en la recta opuesta él se abre al andarivel dos y deja que lo sobrepase por el primer carril; iniciábamos la danza que habíamos acordado en la previa y yo pasaba a ganar la carrera. Otra vuelta completa y nuevamente el enroque, me abro y dejó que él pase a ganar. En este dialogo de cuerpos, vuelta tras vuelta, fuimos restando metros, en cada giro el ganador parecía otro.
Así empezamos la segunda vuelta
Hasta que llegando a la octava vuelta, en esos momentos de mitad de carrera que parece que falta tanto para que se termine aunque ya se hizo más de lo que resta, me abro para dar paso a mi partener pero veo que no sale a escena. La curva se acerca y hay que cerrar el hueco para no ampliar el giro pero sigo adelante en la siguiente vuelta. Fabián lentamente se va retrasando. La siguiente vuelta se repite la escena pero ya con él más relegado. Pareciera que voy ganando la carrera, pero también yo empiezo girar más lento, el objetivo de 1’12”por vuelta se va escapando y escucho 1’13” o 1’14”, por dentro no me siento tan ganador.
Dos vueltas para el final y Manrique empieza a acercarse, hace ya casi dos kilómetros que voy ganando pero me siento más cerca de perder que nunca, el tiempo se escapa y aún parece muy lejana la llegada.
Última vuelta y siento la respiración pegada a mi espalda; viene a mi mente la misma situación que vivimos dos semanas atrás en el 3.000, Fabián alcanzándome en la última vuelta y ganándome en la recta final. A menos de 300 metros para ganar entro primero a la recta opuesta pero se pone a mi lado y ahora ya no para marcar el ritmo. Nuevamente hay que entrar en la curva pero esta vez quedo yo atrás y cada vez más metros nos separan, ahora si perder es una realidad. Quiero ganar, ya no importa si la vuelta es a 1’12”, a 1’20” o a 1’05”, todo se resume a ganar o perder. Faltan 160 metros y estiro la zancada para conectarlo, no importa como pero quiero dar pelea hasta el último metro. Para mi sorpresa siento que una vez pegado el ritmo no me lleva al límite, algo más se puede hacer en la última recta.
Por fin se acaba la curva y solo se ve la llegada, el viento golpea nuestras espaldas y me lanzo decidido, siento que puedo, que la historia no se repite, que paso de perder a ganar… Me regalo el último metro para levantar el índice y sellar el triunfo, estoy feliz, llegué primero, volví a ganar en el CeNARD desde aquella tarde de Mayo.
Cuando recupero el aliento miro el reloj, me devuelve 15’09”, no es poco, son 10”más que mi objetivo, ya no me siento tan ganador, sé que algo perdí. Salí a buscar algo que no encontré, mientras recibo las felicitaciones por la carrera pienso en dos semanas atrás cuando perdía el segundo puesto en la recta final pero cruzando en 8’44”, por debajo de mi meta personal, ahí si me consideraba un ganador.
Con Fabián Manrique en el podio
Fue una buena carrera, emocionante hasta el final, me dio satisfacciones y creo que hice lo mejor que pude con lo que tuve en ese momento a mi alcance, pero no siento haber ganado completamente. Tampoco siento haber perdido. Como en atardecer que ya empieza formarse sobre el CeNARD los colores se mezclan, las emociones dentro de mí también se fusionan. Quizás no pueda definir bien cuanto gané, cuanto perdí. Me conformo con saber que no me arrepiento de lo que viví, de que al final del día eso cuenta más.